Cuando lo arriesgado es no correr riesgos

Foto: ©Mirta Rojo


Por Luis Manso, productor de Campeones
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Campeones se ha convertido en un fenómeno de los que ocurren pocas veces. Ha conectado con el público, y no me refiero solo a haber sido la película española mas vista del año; ha sido premiada por la industria y ha tenido el reconocimiento de la sociedad, materializado en los más de treinta premios que ha recibido a los valores que defiende y difunde. Todo un sueño para cualquier cineasta.

A raíz de ello se nos ha preguntado recurrentemente: ¿os lo esperabáis? O dicho de otra manera, ¿puede un proyecto ganador ser algo obvio a priori, se puede prever?

Una de las virtudes de esta mezcla de arte y negocio que llamamos cine es que no es una ciencia exacta. No hay fórmulas mágicas para alcanzar el éxito, sobre todo el del público. Si tuviera que aventurar una, sería precisamente la de huir de las fórmulas.

Sin embargo, existe una cierta tendencia, por parte de algunos agentes de la industria, de intentar aplicar fórmulas, incluso algoritmos, que parecen buscar más evitar el tan temido fracaso que lograr el éxito. Los productores podemos caer en la tentación de abrazar esos criterios, ya sea por buscar una financiación más sencilla o por mero contagio.

El resultado puede ser, cuando menos, demasiado homogéneo; todas las películas tienen un “reparto de campanillas” o las comedias no pasan de 90 minutos, por ejemplo, lo que dificulta –desde mi punto de vista– el despunte de las obras al estar cortadas por patrones similares.

Con Campeones, contrariamente a lo que se suele suponer, tuvimos grandes dificultades para levantarla financieramente, hasta el punto de que una película que muchos consideramos necesaria estuvo a punto de no ver la luz.

Por un lado, parecía que el tema resultaba peligroso; hacer una comedia con personajes con discapacidad intelectual podía resultar políticamente incorrecto.

Por otro, el hecho de que esos personajes fueran encarnados por personas con discapacidad y no por actores parecía tremendamente arriesgado.

Con respecto al tema no tuve ninguna duda, y no porque sea más listo que los colegas, por cuyas manos había pasado el guión original de David Marqués, sino porque ninguno tiene como socio a un director tan especial, en todos los sentidos, como lo es Javier Fesser, quien también se enamoró al instante de la historia.

En cuanto al reparto, lo tuvimos claro desde el primer momento. Por coherencia y por lo que podía enriquecer la historia, no podíamos renunciar a la mirada diferente, brillante y sin filtros de nuestros campeones. De hecho, Javier y David esperaron a que tuviéramos el reparto para escribir la última versión de los diálogos, no solo para darles verdad, sino también genialidad.

Afortunadamente, y aunque tuvimos que rodar alguna secuencia para demostrar su viabilidad, finalmente logramos poner en marcha la película, tal y como la imaginábamos.

No soy quién para dar consejos ni mucho menos para cuestionar el proceder de nadie, solo pretendo compartir una experiencia que ha funcionado extraordinariamente bien pese a los malos augurios iniciales.

Quizás esto acabe por animar a alguien a pelear ese proyecto “raro” que se sale de los caminos más trillados. Proyectos como los que, por otra parte, han sido este año nominados a Mejor Película en los Goya y que comparten el hecho de tener una temática y/o una propuesta narrativa “arriesgada”. Esto es una magnífica noticia y, a mi entender, habla muy bien del criterio cinematográfico de la Academia.

Y es que los espectadores y el cine se merecen películas “especiales” y estas, aunque nadie conoce la fórmula para hacerlas, requieren un ingrediente sin el cual no sería de ninguna manera posible: que los autores, entre los que por supuesto incluyo a los productores, crean firmemente que están fabricando una película única e irrepetible.

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