Compañero… Antonio de la Torre y Luis Zahera

Foto: ©Marino Scandurra

Los ganadores del Goya a Mejor Actor Protagonista y Mejor Actor de Reparto, respectivamente, por El reino dedican elogios a su compañero en la película  

 

Un verso suelto | Por Antonio de la Torre 

Verano de 2007. Íbamos a rodar en un lujoso chalet a las afueras de Madrid una secuencia de la pelicula Los años desnudos, cuando me dijeron que me preparara para conocer al marido de Mar Flores, que a la sazón era productor de la película. Y yo, (no se si por mitómano irredento o por complejo de clase) noté que empecé a sentirme inevitablemente cohibido.  El comentario en realidad era una broma de los directores de la película, Félix Sabroso y la inolvidable Dunia Ayaso. Pero quien irrumpió en la sala lo hizo con tal suficiencia y poderío que me hubiera hecho totalmente verosímil la escena. Aquel día conocí a Luis Zahera, y desde entonces siempre, siempre, me ha sorprendido por su impresionante capacidad para la mímesis, por su descaro y entrega, desparpajo y pasión.  A lo largo de esta década en la que he tenido la suerte de disfrutar de papeles y rodajes, aparecen como momentos especiales en mi memoria los vividos con este actor hiperbólico y valiente.

Hemos tenido que lidiar con batallas en las que ha demostrado compañerismo y sensibilidad, como cuando en Invasor, una pistola perdida en el camino a rodaje nos obligó a batirnos en un improvisado “duelo a muerte” durante cuatro días en pleno invierno en las aguas de la costa de Galicia; o en el momento en que su policía en Que Dios nos perdone improvisa una mano que se posa sobre el hombro de mi deprimido Velarde con una mirada rebosante de ternura y empatía. En El reino, a mi entender, redobló la apuesta y consiguió atraer mi atención cada vez que compartíamos escena: me hacía gracia su mezcla de ingenuidad y chulería cuando nuestros personajes se encontraban en el aeropuerto o el yate, o su desesperación y comicidad en la escena del balcón. Zahera es un verso suelto, un apasionado de su oficio, un alma libre, y un compañero con el que siempre estoy deseando volver a trabajar.

 

Antonio ‘de Tasmania’ | Por Luis Zahera

Reconozco que no se me dan muy bien estas situaciones, realmente no se me da bien ninguna situación en general, pero lo voy a intentar. Si tuviera que describir con una imagen al grandísimo, enorme Antonio de la Torre, me viene a la cabeza siempre aquel dibujo animado, el demonio de Tasmania, y la imagen que me viene es cuando giraba sobre sí mismo a tal velocidad que desaparecía su figura y un pequeño huracán se desplazaba de un lado a otro. Para mí, Antonio es así, un demonio de la interpretación que cuando se pone a girar, a funcionar, desaparece y ese pequeño huracán te atrapa y te hace viajar con él. Y, como es normal en todos los huracanes, puedes saber mínimamente donde empiezan pero afortunadamente no sabes dónde acaban. Digo afortunadamente porque cuando empiezas el viaje con el maestro Antonio ‘de Tasmania’, la cosa va a acabar muy bien: hará frío, hará calor, habrá velocidad, habrá un montón de cosas… pero terminará muy bien. Hagan un ejercicio, háganlo por ejemplo con la película El reino, fíjense en la escena en que Antonio va a buscar unas libretas a una de las casas (porque estos personajes de El reino tienen un montón de casas) en donde hay una fiesta de unos jóvenes, es un plano secuencia de 9 minutos. Un plano secuencia por definición es hostil, dificultoso, complicado, añadan las palabras que ustedes quieran, pero en esta línea semántica. Bien, vean esta secuencia de nuevo y verán que el gran Antonio arranca la escena en su forma real, física, pero hacia el final de ese brutal y frío plano secuencia, si ustedes se fijan detenidamente, ya no esta él, está el demonio de Tasmania girando a la velocidad de la luz.

Un beso muy grande, Antonio, y hasta la siguiente. Espero que sea pronto y que consigas hacerme girar a un poco más de velocidad, porque lo tuyo no tiene límites.

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