La creación de un Premio Goya

enero 13, 2020 34 Edición ·

Mucho antes de que el busto de Goya pase de manos de los entregadores a los ganadores, son otras manos las que lo acarician, las de los fundidores que, a base de cera, bronce y fuego, dan forma a las 34 estatuillas. Deseadas por los nominados, una de ellas ya tiene destino junto a Pepa Flores, Goya de Honor. Las restantes encontrarán a su dueño en la gran noche del cine español.


| Texto: María Gil | Fotos: ©Alberto Ortega

El alumbramiento de las estatuillas comienza dos meses antes de la ceremonia, pero el origen hay que buscarlo un siglo atrás: en el busto del escultor valenciano Mariano Benlliure, creado en 1902 y que hoy descansa en los archivos del Museo del Prado. Esta obra, en la que, según la web de la pinacoteca, el artista “concentró en su expresión toda la fuerza mental y la genialidad creadora de Goya”, es el punto de partida para el molde original.

Cuatro días tardaron en escanear y digitalizar en 3D un vaciado en escayola original del busto, procedente de su taller y cedido de forma altruista por la Fundación Benlliure, para obtener el modelo, pero las cifras del original de Benlliure –32 Kg de peso, 57 cm de alto y 40 cm de alto– son inviables para unos galardones, por lo que luego se elaboró un modelo que reducía el tamaño para adaptarlo a las dimensiones del Premio Goya, que debe ser mucho más manejable. “Una tecnología similar a la que estamos acostumbrados de las impresoras 3D y que realizó la empresa Troppovero”, explica Marisa Codina, propietaria de Codina Escultura junto a su hermano Miguel, representantes de la cuarta generación de esta familia de fundidores, que lleva más de 130 años dedicada a esta labor y que es la encargada en esta 34 edición de los premios de elaborar las estatuillas.

A partir del modelo en 3D reducido, se obtiene un molde ‘madre’ de silicona, del que saldrán todas las copias, y empieza el trabajo en la Fundición Codina. De las tecnologías más contemporáneas y punteras en 3D se pasa a la antigüedad, con un procedimiento que no puede ser más tradicional y artesanal: el de la cera perdida.

El molde de silicona se ‘pinta’ con cera nueva muy caliente, para que adquiera todos los detalles de la escultura original. “Aunque la figura sea igual, siempre tiene algo distinto”, asegura Laura, la encargada en la Fundición de esta tarea.

Cuando la cera se enfría, se extrae el molde y se coloca en una estructura de bebederos para la salida de gases. “La gente se extraña cuando ve la figura de cera con tantos alfileres clavados, llama mucho la atención, pero es simplemente para que esté bien sujeto a la estructura para la fundición”, detalla la responsable de moldes y cera.

El Goya se cubre de una pasta refractaria y pasa al horno, donde permanecerá durante unos días hasta que la cera se funda y quede el hueco para el bronce. “Ahora subimos la temperatura progresivamente con un programador, pero antes todavía iba con leña”, rememora Marisa Codina.

Los Premios Goya se fabrican en bronce, material que aguarda a 1240 grados centígrados en un crisol de granito y que los trabajadores de la Fundición vierten cuidadosamente en el hueco que ha dejado la cera, protegidos con guantes y máscaras. Tras la fundición, toca esperar a que el bronce se enfríe para poder extraer la figura del molde. Los encargados de esta tarea lo hacen martilleando, hasta que la pasta se desprende.

El siguiente paso es el soldado, que va precedido del ‘chorreado’ de arena de sílice. De nuevo con máscara y guantes protectores, en la Fundición van soldando aquellos agujeros que han dejado los bebederos y arreglando las imperfecciones de las estatuillas, que luego se pulirán todavía más en el cincelado.

La escultura adquiere así su forma definitiva, pero no su aspecto final. El Premio Goya ha pasado durante todo este proceso por numerosos colores: el blanco del molde en silicona, el rojo de la cera, el negro del bronce, el marrón dorado de la arena de sílice… hasta llegar al color verde propio de los galardones, que se logra mediante el patinado. Tras el cincelado, la estatuilla ya está preparada para la pátina.

“Ese tono verde, característico del bronce envejecido que vemos en tantas esculturas de monumentos, hay que lograrlo sin que pasen años, así que aceleramos el proceso de corrosión del material”, desgrana Miguel Codina, que pone el foco “en el modelado del cabello y el pañuelo de Goya” de la estatuilla como ejemplo de la excelencia del original de Benlliure.

Un soplete, un spray pulverizador, un pincel y ácidos con base de sulfuro y sal de amoníaco son las herramientas de las que se vale el director técnico y propietario de la Fundición para aplicar pacientemente ácidos y calor hasta que el bronce adquiera el verde envejecido y la escultura se complete.

No es un misterio por qué la Academia eligió a Goya como nombre para sus galardones –ser un pintor mundialmente conocido y representativo de la cultura española, un nombre corto y semejante a los de los Oscar o César y el hecho de que había tenido un concepto pictórico cercano al cine y que varias de sus obras tenían casi un tratamiento secuencial– y tampoco resulta extraño que el modo en que Benlliure representó al pintor aragonés sea el punto de partida para las estatuillas. La imagen creada por Benlliure es “la más arraigada en la iconografía popular”, asegura el Museo del Prado en su web. Para la saga Codina es un paso más en su vinculación con el escultor, que realizó toda su obra en la fundición. “Siempre ha habido una relación muy estrecha, mi bisabuelo trabajó con él”, confirma Marisa Codina, “y desde El Prado recurren habitualmente a nosotros para restauraciones”.

Tras dos meses de trabajo artesanal, el resultado son 34 estatuillas colocadas en peanas grabadas con el logo de la Academia, y que corresponden a cada una de las 28 categorías más el Goya de Honor. Con Málaga como destino, el viaje continúa en un furgón blindado que los llevará hasta el Palacio de Deportes José María Martín Carpena, para que el 25 de enero, encima de un escenario, pasen a las manos de aquellos que han marcado nuestro cine en 2019.

Dos de las Bellas Artes se dan cita en un Premio Goya. Obras escultóricas en sí mismas, en la gran noche del cine español reconocen al séptimo arte: la cinematografía.

Un premio a medida

La primera estatuilla que se entregó fue obra del escultor malagueño Miguel Ortiz Berrocal. Fabricada en bronce, era una escultura desmontable que combinaba el busto del pintor Francisco de Goya con una cámara cinematográfica, y venía acompañada de una insignia de los Goya, que podía quitarse y usarse como pin. Este primer busto pesaba casi 15 kilos y ponía en apuros a los premiados al recogerla. De esa cifra tan poco manejable, pasó en 1990 a los 3 kilos del trofeo realizado por José Luis Fernández, encargado de elaborar la estatuilla desde la cuarta hasta la 33 edición. Actualmente la estatuilla de los Premios Goya es una reproducción a partir de un vaciado en escayola original del busto realizado por Mariano Benlliure en 1902, conservado por la familia y que la Fundación Benlliure cede de forma altruista a la Academia. Unos 3 kilos de peso; 25,50 cm de altura de estatuilla y 5 cm la base son las medidas de los Premios Goya en su 34 edición.

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