Belén Funes | Sin héroes en la clase obrera

Foto: ©Enrique Cidoncha

La directora de La hija de un ladrón ostenta la única nominación femenina en las categorías de dirección de esta edición de los Goya


| por Enrique F. Aparicio

Normal, ser simplemente normal. Esa es la máxima aspiración del personaje protagonista de La hija de un ladrón –que le ha merecido a Greta Fernández la Concha de Plata en San Sebastián y la nominación al Goya–, una joven madre atrapada entre la responsabilidad de criar a su bebé y la marejada constante que se produce alrededor de la presencia de su padre. Un Eduard Fernández que, en un juego de espejos con la vida real, encarna al padre ausente pero amenazador de la ópera prima de Belén Funes, que ostenta la única nominación femenina en las categorías de dirección en esta edición de los premios de la Academia de Cine.

Bregada en el cortometraje (en su pieza breve Sara a la fuga está la génesis de esta puesta de largo), Funes retrata sin adornos ni romanticismo a la clase trabajadora menos privilegiada, en una película que orbita en torno al personaje de Greta Fernández, “niña y mujer al mismo tiempo, muy pequeña para algunas cosas y muy mayor para otras”, en palabras de la realizadora. Desde la carnalidad de cortar las uñas a su hijo a mordiscos hasta la sublimación de una cena romántica ‘como las de las películas’, la Sara de Funes y Fernández se mueve atrapada entre lo que es, lo que quiere llegar a ser y aquello que –como le recuerda su padre– nunca podrá alcanzar.

Consciente de que “la verdad vive en los detalles”, la ópera prima de la catalana es un mosaico infinito de piezas sueltas que dan color y textura a una historia a escala real: las pilas de un sonotone, unos Ferrero Rocher como recuerdo de la primera comunión, un abrazo tierno desde fuera y asfixiante desde dentro… El devenir de la protagonista traza círculos concéntricos que, como las líneas de un espirógrafo, la devuelven al centro por más que intente alejarse. Y en ese centro espera la familiar y aterradora presencia paterna, siempre peligrosa pero disimulando los colmillos.

Funes grabó algunas secuencias “salvavidas” que explicaban los fuera de campo de la historia, pero se fio de su primera intuición –firma el guión junto a Marçal Cebrián– y dejó en los límites del metraje las ramas secas de un árbol genealógico que se intuye repleto de espinas. Todas las familias felices se parecen, y las desgraciadas lo son cada una a su manera, pero la obsesión de Sara, más allá de adjetivos burgueses, es adueñarse de lo básico del sustantivo: la familia, que para ella (como tantas otras cosas) es un privilegio que siempre le ha sido negado.

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