Cuando el cine se escucha

febrero 22, 2026 40 edición ·

La Banda Municipal de Barcelona celebra los 40 años de los Premios Goya con un recorrido musical por la memoria, el presente y el futuro del cine español


Sin imágenes ni proyecciones, pero con décadas de cine resonando en cada nota, L’Auditori de Barcelona acogió el concierto del 40 aniversario de los Premios Goya, una velada conducida por la actriz Victoria Luengo que convirtió la música cinematográfica en protagonista absoluta y preludio de la gran gala

El domingo 22 de febrero de 2026, L’Auditori de Barcelona se convirtió en un espacio de memoria compartida. No había imágenes proyectadas ni escenas icónicas en pantalla, pero bastaron las primeras notas para que el público empezara a “ver” cine. El concierto del 40 aniversario de los Premios Goya, interpretado por la Banda Municipal de Barcelona bajo la dirección de José Rafael Pascual-Vilaplana, fue mucho más que una sucesión de bandas sonoras: fue un recorrido emocional por la historia, el presente y el futuro del cine español a través de su música.

Separar la imagen de la música

La velada arrancó con la fanfarria de los Goya, compuesta por Antón García Abril, una pieza breve y ceremonial que funciona casi como un reflejo sonoro del propio premio. Energía, solemnidad y celebración para abrir una tarde que, desde el primer compás, dejó claro su propósito: rendir homenaje a cuarenta años de cine desde uno de sus pilares invisibles pero esenciales.

La actriz Victoria Luengo, encargada de conducir el concierto, dio la bienvenida al público en catalán y castellano, subrayando el vínculo personal que la une a Barcelona y celebrando que, apenas una semana después, la ciudad volvería a acoger la gala de los Goya. “Hoy vamos a separar la imagen de la música”, explicó, invitando al público a dejarse llevar por las partituras y a imaginar lo que estas cuentan por sí solas. A lo largo de la tarde, Luengo fue tejiendo un relato cercano y reflexivo sobre el poder de la música en el cine, recordando que puede elevar —o hundir— una interpretación y que, muchas veces, expresa aquello que los personajes no pueden decir.

Melodías que se instalan en la memoria

Tras la apertura, el concierto viajó al cine de Berlanga con la suite de La vaquilla, de Miguel Asins Arbó. El vals, la marcha lenta y el pasodoble despertaron sonrisas cómplices y movimientos inquietos en las butacas. La música, castiza y reconocible, activó una memoria colectiva que no necesitó imágenes para reconstruir la escena: la ironía, la fiesta popular y la tensión absurda de una España en guerra. La respuesta del público confirmó que algunas melodías se instalan en la memoria sin pedir permiso y reaparecen intactas décadas después.

Ese juego entre recuerdo y presente continuó con la suite dedicada a Carmelo Bernaola, una selección de músicas para cine y televisión que funcionó como un guiño generacional. Luengo lanzó un reto amable al público más veterano, invitándolo a reconocer melodías que forman parte del imaginario colectivo. La música, sin necesidad de nostalgia explícita, activó recuerdos compartidos y reafirmó la importancia de la televisión y el cine en la construcción emocional de varias generaciones.

Una historia cercana, propia

La primera parte avanzó hacia el presente con la música de Zeltia Montes para El buen patrón. La orquesta desplegó una partitura rítmica, repetitiva y eficaz, capaz de retratar con precisión al protagonista de la película: un empresario de sonrisa amable y ética flexible. La música crecía y se tensaba con la misma lógica que el personaje, demostrando cómo una banda sonora puede sostener la narrativa incluso sin imágenes.

Antes del intermedio, llegó El 47, de Arnau Bataller, con el compositor presente en la sala. Ambientada en Barcelona, la música evocó la lucha vecinal del barrio de Torre Baró con una sencillez arraigada a la tierra y a la gente. Luengo explicó cómo esa partitura se transforma en fuerza colectiva, en un canto a la dignidad y a la esperanza, y el público recibió la obra con una atención especialmente concentrada, consciente de estar escuchando una historia cercana, propia.

Tras el descanso, la segunda parte se abrió con la música de Paula Olaz para Nora. La suite, íntima y delicada, habló de duelo, soledad y deseo de empezar de nuevo. Sin estridencias, la orquesta construyó un paisaje emocional contenido, donde la ligereza y la melancolía convivieron con humor y descubrimiento personal. Luengo destacó la mirada luminosa de la protagonista y la capacidad de la música para acompañar procesos internos difíciles sin subrayarlos en exceso.

La experiencia colectiva frente al consumo individual

El cierre llegó con la extensa suite de Alatriste, compuesta por Roque Baños. Durante veinte minutos, la Banda Municipal desplegó una música épica y narrativa, llena de aventuras, intrigas y acción. La percusión marcó el pulso de la historia y preparó el terreno para un final contundente, que funcionó como culminación emocional del concierto y como antesala simbólica de la gala de los Goya que se celebrarán el próximo sábado dia 28.

En el tramo final, Victoria Luengo agradeció a la banda, al director y a los compositores presentes, y recordó que el cine español no solo se define por la variedad de sus historias, sino también por la calidad de su música. Animó al público a seguir acudiendo a las salas de cine, defendiendo la experiencia colectiva frente al consumo individual y reivindicando la cultura compartida como un acto de resistencia.

El bis, una sardana de Ocho apellidos catalanes, cerró la velada con un guiño al territorio y al humor, confirmando que este concierto no era una fiesta en sí misma, sino un preludio. Un anticipo sonoro de alfombras rojas y focos, pero también un recordatorio de que, antes de todo eso, el cine empieza a menudo con una melodía que nos acompaña mucho después de que se apaguen las luces.